Visconti,
el poeta de la decadencia
100
años del nacimiento del realizador de 'El Gatopardo',
figura clave en la historia del cine europeo
A. CASTILLEJO (FAX PRESS)
madrid.
El 2 de noviembre de 1906 nació en Milán,
en el seno de una familia de origen aristocrático,
Luchino Visconti, el director cinematográfico
que junto a Roberto Rossellini y Vittorio de Sica se convirtió
en el máximo exponente del neorrealismo surgido
en Italia tras la Segunda Guerra Mundial.
Pero si bien Rossellini y De Sica buscaban llegar a la
verdad a través de la narración desnuda
de unos hechos contados de forma directa en unas imágenes
a las que hacían hablar, Visconti recargaba sus
historias y a sus personajes con el peso tremendo de una
cultura que no era ni más ni menos que el envoltorio
de su concepción ideológica del mundo.
Visconti
se aficiona al cine a mediados de la década de
los 30 y se traslada a París, donde realizó
sus primeros trabajos y colaboró con el cineasta
Jean Renoir, con el que participó como ayudante
de dirección en Une Partie de Campagne (1936) y
Tosca (1940)
Su
debut como director tuvo lugar en 1942 con Obsesión,
una adaptación de la novela de James M. Cain El
cartero siempre llama dos veces. Una película protagonizada
por dos de los más famosos actores italianos del
periodo fascista, Clara Calamai y Massimo Girotti, que
interpretan esta historia repleta de sensualidad en un
filme que anuncia ya una clara ruptura con el cine que
se hacía en la época y presenta la nueva
concepción fílmica que abanderaría
el director italiano.
Arrestado
por sus actividades antifascistas en 1943, su siguiente
trabajo no llegará a las pantallas hasta después
de la guerra, en 1948, cuando estrenó La tierra
tiembla, una adaptación de la novela de G. Verga
Los Malavoglia. Es la historia de una familia siciliana,
rodada en siciliano por actores no profesionales. Lo melodramático
y lo aristocrático se unen en un filme de clara
inspiración marxista que cuenta cómo un
joven pescador trabaja en exclusiva para unos mayoristas
que abusan descaradamente de él y de sus compañeros.
En
1951 llegó Bellísima, protagonizada por
Anna Magnani, una cinta neorrealista que cuenta la historia
de una madre que, obsesionada por que su hija triunfe
en el mundo del cine, la presenta al cásting de
un famoso director de Cinnecittá. Tras este punto
de inflexión, Visconti rodó en 1954 Senso,
una adaptación de una novela de Camillo Boito en
cuyo guión colaboraron junto al director italiano
los norteamericanos Paul Bowles y Tennessee Williams.
Considerada unánimemente como una obra maestra
y un modelo de perfección en la puesta en escena,
la película narra la historia de una noble italiana
enamorada de un oficial del ejército austriaco
e inicia el periodo creativo más fértil
en la biografía del cineasta.
Un
periodo que tendría su continuación en 1960
con Rocco y sus hermanos, filme de extrema sensibilidad
que Visconti rueda con Alain Delon, Annie Girardot y Claudia
Cardinale y en el que se narra la descomposición
que sufre una familia del campo al trasladarse a la gran
ciudad. Dos años más tarde, Visconti rodó
Boccaccio'70, una película en la que junto a Vittorio
de Sica, Federico Fellini y Mario Monicelli adaptó
a la gran pantalla algunas historias cortas de Boccaccio.
Una comedia satírica en la que el director milanés
presenta a un conde involucrado en un oscuro escándalo.
Para
muchos, la obra maestra de Visconti llegó en 1963
con El Gatopardo, el inolvidable filme en el que Burt
Lancaster, Alain Delon y Claudia Cardinale dan vida a
los personajes de la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Una película galardonada en Cannes con la Palma
de Oro que narra cómo la vida de Don Fabrizio,
Príncipe de Salina, y de toda su familia se ve
alterada tras la invasión de Sicilia por las tropas
de Garibaldi, que ocasiona el traslado de la familia a
su casa de campo en Donnafugatta.
Tras
su lección de cine en El Gatopardo, el director
italiano realizó una serie de obras que no fueron
tan bien recibidas por la crítica y el público:
Sandra, en 1965, o Las brujas y El extranjero, en 1967,
desarrollada según la novela de Albert Camus. Pero
el éxito volvería a sonreírle en
1969 con La caída de los dioses, una película
protagonizada por Dirk Bogarde, Ingrid Thulin, Helmut
Berger y Charlotte Rampling en la que Visconti se traslada
al año 1933 para recordar cómo el nacionalsocialismo
tomó el poder en Alemania y contar la historia
del clan directivo de una importante empresa siderúrgica
que se debate sobre qué camino tomar ante los acontecimientos
que se avecinan.
Dos
años después, en 1971, Visconti filma, junto
a Dirk Bogarde y Silvana Mangano, una nueva obra maestra,
Muerte en Venecia. Un drama presidido por el tema de la
homosexualidad en el que el director recrea la novela
de Thomas Mann que narra la llegada a la ciudad de los
canales de un compositor alemán de delicada salud
cuya última obra acaba de fracasar. Allí
conoce a un angelical adolescente por el que se siente
irremediablemente atraído y junto al que toma conciencia
de su propia decadencia, paralela a la que sufre la ciudad,
acosada por una grave epidemia.
Otro
de los hitos cinematográficos en la carrera de
Visconti fue Ludwig. Rodada en 1972 con Helmut Berger
y Romy Schneider, la película rememora la figura
de Luis II de Baviera. Una obra espectral, tenebrosa y
turbadora, en la que muchos han querido ver oscuros presagios
mortuorios reflejados en la historia del rey loco que
llegó al trono con apenas 20 años y que
fue traicionado por aquellos en los que confiaba, que
llevaron a Baviera a una desastrosa guerra que la dejaría
en manos de Bismarck.
En
su penúltimo filme, Confidencias, rodado en 1974
con Burt Lancaster, Silvana Mangano, Helmut Berger y Claudia
Cardinale, Visconti da muestras de haber perdido parte
de la destreza visual que le hizo figurar con letras de
oro en la historia del cine, pero aun así construye
una película admirable en la que una vez más
aborda el tema de la soledad desde unos personajes torturados,
amorales y llenos de prejuicios.
Su
última obra, rodada meses antes de su muerte, motivada
por una afección cardiaca el 17 de marzo de 1976,
fue El inocente, basada en la novela homónima de
Gabriele D'Annunzio, el principal decadentista italiano,
de la que se sirve Visconti para presentar una espléndida
película en la que se reconocen todas las constantes
de su cine y las obsesiones que presidieron su obra durante
décadas. Un filme en el que vuelve a aparecer el
tema de la decadencia de la clase aristocrática,
que en esta ocasión se convierte en un símil
de la del director (que consigue así poner un espectacular
punto final a su legado cinematográfico).
Nunca
tuvo maestros, a excepción de su temprana colaboración
con Jean Renoir, ni dejó discípulos. La
inmensa aportación de Luchino Visconti a la historia
del cine es la de un autodidacta genial, enamorado de
su profesión y obsesionado con la idea de plasmar
la decadencia y la soledad como resultado de la incomunicación
y de la imposibilidad de comprender el mundo circundante.