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Fondato, Edito e Diretto in Santo Domingo da Giovanni GARIBALDI - 1997 -

Visconti, el poeta de la decadencia
100 años del nacimiento del realizador de 'El Gatopardo', figura clave en la historia del cine europeo

A. CASTILLEJO (FAX PRESS)

madrid. El 2 de noviembre de 1906 nació en Milán, en el seno de una familia de origen aristocrático, Luchino Visconti, el director cinematográfico que junto a Roberto Rossellini y Vittorio de Sica se convirtió en el máximo exponente del neorrealismo surgido en Italia tras la Segunda Guerra Mundial.
Pero si bien Rossellini y De Sica buscaban llegar a la verdad a través de la narración desnuda de unos hechos contados de forma directa en unas imágenes a las que hacían hablar, Visconti recargaba sus historias y a sus personajes con el peso tremendo de una cultura que no era ni más ni menos que el envoltorio de su concepción ideológica del mundo.

Visconti se aficiona al cine a mediados de la década de los 30 y se traslada a París, donde realizó sus primeros trabajos y colaboró con el cineasta Jean Renoir, con el que participó como ayudante de dirección en Une Partie de Campagne (1936) y Tosca (1940)

Su debut como director tuvo lugar en 1942 con Obsesión, una adaptación de la novela de James M. Cain El cartero siempre llama dos veces. Una película protagonizada por dos de los más famosos actores italianos del periodo fascista, Clara Calamai y Massimo Girotti, que interpretan esta historia repleta de sensualidad en un filme que anuncia ya una clara ruptura con el cine que se hacía en la época y presenta la nueva concepción fílmica que abanderaría el director italiano.

Arrestado por sus actividades antifascistas en 1943, su siguiente trabajo no llegará a las pantallas hasta después de la guerra, en 1948, cuando estrenó La tierra tiembla, una adaptación de la novela de G. Verga Los Malavoglia. Es la historia de una familia siciliana, rodada en siciliano por actores no profesionales. Lo melodramático y lo aristocrático se unen en un filme de clara inspiración marxista que cuenta cómo un joven pescador trabaja en exclusiva para unos mayoristas que abusan descaradamente de él y de sus compañeros.

En 1951 llegó Bellísima, protagonizada por Anna Magnani, una cinta neorrealista que cuenta la historia de una madre que, obsesionada por que su hija triunfe en el mundo del cine, la presenta al cásting de un famoso director de Cinnecittá. Tras este punto de inflexión, Visconti rodó en 1954 Senso, una adaptación de una novela de Camillo Boito en cuyo guión colaboraron junto al director italiano los norteamericanos Paul Bowles y Tennessee Williams. Considerada unánimemente como una obra maestra y un modelo de perfección en la puesta en escena, la película narra la historia de una noble italiana enamorada de un oficial del ejército austriaco e inicia el periodo creativo más fértil en la biografía del cineasta.

Un periodo que tendría su continuación en 1960 con Rocco y sus hermanos, filme de extrema sensibilidad que Visconti rueda con Alain Delon, Annie Girardot y Claudia Cardinale y en el que se narra la descomposición que sufre una familia del campo al trasladarse a la gran ciudad. Dos años más tarde, Visconti rodó Boccaccio'70, una película en la que junto a Vittorio de Sica, Federico Fellini y Mario Monicelli adaptó a la gran pantalla algunas historias cortas de Boccaccio. Una comedia satírica en la que el director milanés presenta a un conde involucrado en un oscuro escándalo.

Para muchos, la obra maestra de Visconti llegó en 1963 con El Gatopardo, el inolvidable filme en el que Burt Lancaster, Alain Delon y Claudia Cardinale dan vida a los personajes de la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Una película galardonada en Cannes con la Palma de Oro que narra cómo la vida de Don Fabrizio, Príncipe de Salina, y de toda su familia se ve alterada tras la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi, que ocasiona el traslado de la familia a su casa de campo en Donnafugatta.

Tras su lección de cine en El Gatopardo, el director italiano realizó una serie de obras que no fueron tan bien recibidas por la crítica y el público: Sandra, en 1965, o Las brujas y El extranjero, en 1967, desarrollada según la novela de Albert Camus. Pero el éxito volvería a sonreírle en 1969 con La caída de los dioses, una película protagonizada por Dirk Bogarde, Ingrid Thulin, Helmut Berger y Charlotte Rampling en la que Visconti se traslada al año 1933 para recordar cómo el nacionalsocialismo tomó el poder en Alemania y contar la historia del clan directivo de una importante empresa siderúrgica que se debate sobre qué camino tomar ante los acontecimientos que se avecinan.

Dos años después, en 1971, Visconti filma, junto a Dirk Bogarde y Silvana Mangano, una nueva obra maestra, Muerte en Venecia. Un drama presidido por el tema de la homosexualidad en el que el director recrea la novela de Thomas Mann que narra la llegada a la ciudad de los canales de un compositor alemán de delicada salud cuya última obra acaba de fracasar. Allí conoce a un angelical adolescente por el que se siente irremediablemente atraído y junto al que toma conciencia de su propia decadencia, paralela a la que sufre la ciudad, acosada por una grave epidemia.

Otro de los hitos cinematográficos en la carrera de Visconti fue Ludwig. Rodada en 1972 con Helmut Berger y Romy Schneider, la película rememora la figura de Luis II de Baviera. Una obra espectral, tenebrosa y turbadora, en la que muchos han querido ver oscuros presagios mortuorios reflejados en la historia del rey loco que llegó al trono con apenas 20 años y que fue traicionado por aquellos en los que confiaba, que llevaron a Baviera a una desastrosa guerra que la dejaría en manos de Bismarck.

En su penúltimo filme, Confidencias, rodado en 1974 con Burt Lancaster, Silvana Mangano, Helmut Berger y Claudia Cardinale, Visconti da muestras de haber perdido parte de la destreza visual que le hizo figurar con letras de oro en la historia del cine, pero aun así construye una película admirable en la que una vez más aborda el tema de la soledad desde unos personajes torturados, amorales y llenos de prejuicios.

Su última obra, rodada meses antes de su muerte, motivada por una afección cardiaca el 17 de marzo de 1976, fue El inocente, basada en la novela homónima de Gabriele D'Annunzio, el principal decadentista italiano, de la que se sirve Visconti para presentar una espléndida película en la que se reconocen todas las constantes de su cine y las obsesiones que presidieron su obra durante décadas. Un filme en el que vuelve a aparecer el tema de la decadencia de la clase aristocrática, que en esta ocasión se convierte en un símil de la del director (que consigue así poner un espectacular punto final a su legado cinematográfico).

Nunca tuvo maestros, a excepción de su temprana colaboración con Jean Renoir, ni dejó discípulos. La inmensa aportación de Luchino Visconti a la historia del cine es la de un autodidacta genial, enamorado de su profesión y obsesionado con la idea de plasmar la decadencia y la soledad como resultado de la incomunicación y de la imposibilidad de comprender el mundo circundante.